El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I –Si era su encono por sólo esto –le contesté–, sería añadir injusticia a su necedad, pues ni el autor ni yo hemos nombrado a Pedro, Sancho ni Martín; y así haría muy mal el abogado que se manifestara quejoso de nosotros, pues entonces él mismo se acusaba contra nuestra sencilla voluntad.
–Sea de esto lo que fuere –dijo el asiático–, yo estoy contento con la costumbre de mi patria, pues aquí no hemos menester abogados porque cada uno es su abogado cuando lo necesita, a lo menos en los casos comunes. Nadie tiene autoridad para interpretar las leyes, ni arbitrio para desentenderse de su observancia con pretexto de ignorarlas. Cuando el soberano deroga alguna o de cualquier modo la altera, inmediatamente se muda o se fija según debe de regir nuevamente, sin quedar escrita la antigua que estaba en su lugar.
Finalmente, todos los padres están obligados, bajo graves penas, a enseñar a leer y escribir a sus hijos, y presentarlos instruidos a los jueces territoriales antes que cumplan los diez años de su edad, con lo que nadie tiene justo motivo para ignorar las leyes de su país.