El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I –Muy bellas me parecen estas providencias –le dije–, y a más de muy útiles, muy fáciles de practicarse. Creo que en muchas ciudades de Europa admirarían este rasgo político de legislación, que no puede menos que ser origen de muchos bienes a los ciudadanos, ya excusándolos de litigios inoportunos, y ya siquiera librándolos de las socaliñas de los agentes, abogados y demás oficiales de pluma de que no se escapan por ahora cuando se ofrece. Pero ya te dije: este mal o la ignorancia que el pueblo padece de las leyes, así en mi patria como en Europa, no dimana de los reyes, pues éstos, interesados tanto en la felicidad de sus vasallos, cuanto en hacer que se obedezca su voluntad, no sólo quieren que todos sepan las leyes, sino que las hacen publicar y fijar en las calles apenas las sancionan; lo que sucede es, que no se fijan en lápidas de mármol como aquí, sino en pliegos de papel, materia muy frágil para que permanezca mucho tiempo. A los soldados se les leen las ordenanzas o leyes penales para que no aleguen ignorancia; y por fin, en el código español vemos expresada claramente esta voluntad de los monarcas, pues entre tantas leyes como tiene se leen las palabras siguientes: “Cá tenemos que todos los de nuestro señorío deben saber estas nuestras leyes.[97] Y debe la ley ser manifiesta, que todo hombre la pueda entender y que ninguno por ella reciba engaño.”[98] Todo lo que prueba, que si los pueblos viven ignorantes de sus derechos y necesitan mendigar su instrucción, cuando se les ofrece, de los que se dedican a ella, no es por voluntad de los reyes, sino por su desidia, por la licencia de los abogados, y lo que es más, por sus mismas envejecidas costumbres, contra las que no es fácil combatir.