El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Desembarcámonos muy contentos; descansamos ocho dÃas, y en literas dispusimos nuestro viaje para México.
En el camino iba yo pensando cómo me separarÃa del chino y demás camaradas, dejándoles en la creencia de que era conde, sin pasar por un embustero, ni un ingrato grosero; pero por más que cavilé, no pude desembarazarme de las dificultades que pulsaba.
En esto avanzábamos leguas de terreno cada dÃa, hasta que llegamos a esta ciudad y posamos todos en el mesón de la Herradura.
El chino, como que ignoraba los usos de mi patria, en todo hacÃa alto, y me confundÃa a preguntas, porque todo le cogÃa de nuevo, y me rogaba que no me separara de él hasta que tuviera alguna instrucción, lo que yo le prometÃ, y quedamos corrientes; pero los extranjeros me molÃan mucho con mi condazgo, particularmente el español, que me decÃa:
–Conde, ya dos dÃas hace que estamos en México, y no parecen sus criados ni el coche de V.S. para conducirlo a su casa. Vamos, la verdad usted es conde... pues... no se incomode V.S., pero creo que es conde de cámara, asà como hay gentileshombres de cámara.
Cuando me dijo esto, me incomodé y le dije: