El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Llegamos a mi casa, la que estaba llena de viejas y mozas, parientas y dependientes de los convidados, los cuales, luego que entré, me hicieron mil zalemas y cumplidos. Yo correspondí más esponjado que un guajolote; ya se ve, tal era mi vanidad. La inocente de mi madre estaba demasiado placentera; el regocijo le brotaba por los ojos.
Desnudéme de mis hábitos clericales y nos entramos a la sala donde se había de servir el almuerzo, que era el centro a que se dirigían los parabienes y ceremonias de aquellos comedidísimos comedores. Creedme, hijos míos, los casamientos, los bautismos, las cantamisas y toda fiesta en que veáis concurrencia, no tienen otro mayor atractivo que la mamuncia. Sí, la coca, la coca es la campana que convoca tantas visitas, y la bandera que recluta tantos amigos en momentos. Si estas fiestas fueran a secas, seguramente no se vieran tan acompañadas.
Y no penséis que sólo en México es esta pública gorronería. En todas partes se cuecen habas, y en prueba de ello, en España es tan corriente, que allá saben un versito que alude a esto. Así dice:
A la raspa venimos,
Virgen de Illescas,
a la raspa venimos,
que no a la fiesta.
Así es, hijos, a la raspa va todo el mundo y por la raspa, que no por dar días ni parabienes.