El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Y no penséis que esto lo hacía con los que me pedían limosna, porque a nadie se le permitía entrar a hablarme con este objeto enfadoso; mis orgullos se gastaban con el casero, el sastre, el peluquero, el zapatero, la lavandera y otros infelices artesanos o sirvientes que justamente demandaban su trabajo; por señas que al fin tuvo que pagar mi amo más de dos mil pesos de estas drogas que yo le hice contraer, al mismo tiempo que en paseos, meriendas, coliseo y fiestas gastaba con profusión.
No había funcioncita de Santiago, Santa Ana, Ixtacalco, Ixtapalapa, y otras, a que yo no concurriera con mis amigos y amigas, gastando en ellas el oro con garbo. No había almuercería afamada donde algún día no les hiciera el gasto, ni casamiento, día de santo, cantamisa o alguna bullita de éstas donde no fuera convidado, y que no me costara más de lo que pensaba.
En fin, yo era perrito de todas bodas, engañando al pobre chino según quería; teniendo un corazón de miel para mis aduladores y de acíbar para los pobres. Una vez se arrojó a hablarme al bajar del coche un hombre pobre de ropa, pero al parecer decente en su nacimiento. Me expresó el infeliz estado en que se hallaba: enfermo, sin destino, sin protección, con tres criaturas muy pequeñas y una pobre mujer también enferma en una cama, a quienes no tenía qué llevarles para comer a aquella hora, siendo las dos de la tarde.