El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I –Dios socorra a usted –le dije con mucha sequedad, y él entonces, hincándoseme delante en el descanso de la escalera; me dijo con las lágrimas en los ojos:
–Señor don Pedro; socórrame usted con una peseta, por Dios, que se muere de hambre mi familia, y yo soy un pobre vergonzante que no tengo ni el arbitrio de pedir de puerta en puerta, y me he determinado a pedirle a usted, confiado en que me socorrerá con esta pequeñez, siquiera porque se lo pido por el alma de mi hermano el difunto don Manuel Sarmiento, de quien se debe usted de acordar, y si no se acuerda, sepa que le hablo de su padre, el marido de doña Inés de Tagle, que vivió muchos años en la calle del Águila, donde usted nació, murió en la de Tiburcio, después de haber sido relator de esta real audiencia, y...
–Basta –le dije–; las señas prueban que usted conoció a mi padre, pero no que es mi pariente, porque yo no tengo parientes pobres; vaya usted con Dios.
Diciendo esto, subí la escalera, dejándolo con la palabra en la boca sin socorro, y tan exasperado por mi mal acogimiento, que no tuvo más despique que hartarme a maldiciones, tratándome de cruel, ingrato, soberbio y desconocido. Los criados, que oyeron cómo se profería contra mí, por lisonjearme lo echaron a palos, y yo presencié la escena desde el corredor riéndome a carcajadas.