El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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–Yo no sé si tu Dios existe o no existe en aquel precioso relicario que me enseñas; pero pues tú lo dices y todos los cristianos lo creen, razones sólidas, pruebas y experiencias tendrán para asegurarlo. A más de esto, considero que en caso de ser cierto, el Dios que tú adoras no puede ser otro sino el mayor o el Dios de los Dioses, y a quien éstos viven sujetos y subordinados; seguramente adoráis a Laocón Izautey, que es el gobernador del cielo, y en esta creencia le digo: “Dios grande, a quien adoro en este templo, compadécete de mí y haz que te amen cuantos te conocen para que sean felices.” Esta oración repito muchas veces.

Absorto me dejó el chino con su respuesta, y provocado con ella, trataba de que se enamorara más y más de nuestra religión, y que se instruyera en ella; pero como no me hallaba suficiente para esta empresa, le propuse que sería muy propio a su decencia y porte que tuviera en su casa un capellán.

–¿Qué es capellán? –me preguntó, y le dije que capellanes eran los ministros de la religión católica que vivían con los grandes señores como él, para decirles misa, confesarlos y administrarles los santos sacramentos en sus casas, previa la licencia de los obispos y los párrocos.


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