El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Lo primero se hizo en el día, y lo segundo no se dificultó conseguir, de modo que a los quince días ya se decía misa en la casa.
De día en día se aumentaba la confianza que hacía mi amo del capellán y el amor que le iba tomando. Querían los más de los criados vivir a sus anchuras con él, así como vivían conmigo, pero no lo consiguieron; pronto los echó a la calle y acomodó otros buenos. La casa se convirtió en un conventito. Se oía misa todos los días, se rezaba el rosario todas las noches, se comulgaba cada mes, no había salidas ni paseos nocturnos, y a mí se me obligaba como a uno de tantos a la observancia de estas religiosas constituciones.
Ya se deja entender qué tal estaría yo con esta vida, desesperado precisamente, considerando que había buscado el cuervo que me sacara los ojos; sin embargo, disimulaba y sufría a más no poder, siquiera por no perder el manejo del dinero, la estimación que tenía en la calle y el coche de cuando en cuando.
Quisiera poner en mal al capellán y deshacerme de él; pero no me determinaba, porque veía lo mucho que mi amo lo quería. Desde que fue a la casa, sacaba a pasear a mi amo con