El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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frecuencia en coche y a pie, llevándolo, no sólo a templos, como yo, sino a los paseos, tertulias, visitas, coliseo y a cuantas partes había concurrencia, de suerte que en poco tiempo ya mi amo contaba con varios señores mexicanos que lo visitaban y le profesaban amistad, haciendo yo en la casa el papel más desairado, pues apenas me tenían por un mayordomo bien pagado.

Luego que venían de algún paseo, se encerraban a platicar mi amo y el capellán, quien en muy poco tiempo le enseñó a hablar y escribir el castellano perfectamente, y lo emprendió mi amo con tanto gusto y afición que todos los días escribía mucho, aunque yo no sabía qué, y leía todos los libros que el capellán le daba, con mucho fruto, porque tenía una feliz memoria.

De resultas de estas conferencias e instrucción, me tomó un día cuentas mi amo de su caudal con mucha prolijidad, como que sabía perfectamente la aritmética y conocía el valor de todas las monedas del reino. Yo le di las del Gran Capitán, y resultó que en dos o tres meses había gastado ocho mil pesos. Hizo el chino avaluar el coche, ropa, y menaje de casa; sumó cuánto montaba el gasto de casa, mesa y criados, y sacó por buena cuenta que yo había tirado tres mil pesos.

Sin embargo, fue tan prudente que sólo me lo hizo ver, y me pidió las llaves de los cofres, entregándoselas al capellán y encargándole el gasto económico de su casa.


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