El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Este golpe para mí fue mortal, no tanto por la vergüencilla que me causó el despojo de las llaves, cuanto por la falta que me hacían.

El capellán, desde que me conoció, formó de mí el concepto que debía, esto es, de que era yo un pícaro, y así creo que se lo hizo entender a mi amo, pues éste, a más de quitarme las llaves, me veía no sólo con seriedad, sino con cierto desdén, que lo juzgué precursor de mi expulsión de aquella Jauja.

Con este miedo me esforzaba cuanto podía por hacerle una barba finísima; y una vez que estaba trabajando en este tan apreciable ejercicio, a causa de que el capellán no estaba en casa y él estaba triste, le pregunté el motivo, y el chino sencillamente me dijo:

–Qué, ¿no se usa en tu tierra que los extranjeros tengan mujeres en sus casas?

–Sí, señor –le respondí–; los que quieren las tienen.

–Pues tráeme dos o tres que sean hermosas para que me sirvan y diviertan, que yo las pagaré bien, y si me gustan me casaré con ellas.

Halléme aquí un buen lugar para poner en mal al capellán, aunque injustamente, y así le dije que el capellán no quería que estuvieran en casa, que ése era el embarazo que yo pulsaba, pero que mujeres sobraban en México, muy bonitas y no muy caras.


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