El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I No me gustaba mucho el oficio de alcahuete, ni jamás había probado mi habilidad para el efecto; me daba vergüenza ir a salir con tal embajada a las coquetas, porque no era viejo ni estaba trapiento; y así temía sus chocarrerías, y más que todo temblaba al considerar la prisa que se darían ellas mismas para quitarme el crédito; pero, sin embargo, el deseo de manejar dinero y verme libre del capellán me hizo atropellar con el pedacillo de honor que conservaba, y me determiné a la empresa. Llegué, vi y vencí con más facilidad que César.
Buscar las cusquillas, hallarlas y persuadirlas a que vinieran conmigo a servir al chino, fue obra de un momento.
Muy ancho fui entrando al gabinete del chino con mis tres damiselas, a tiempo que estaba con él el capellán, quien luego que las vio y conoció por los modestos trajes, les preguntó encapotando las cejas que a quién buscaban.
Ellas se sorprendieron con tal pregunta, y hecha por un sacerdote conocido por su virtud, y así, sin poder hablar bien, le dijeron que yo las había llevado y no sabían para qué.
–Pues, hijas –les dijo el capellán–, vayan con Dios, que aquí no hay en qué destinarlas.
Salieron aquellas muchachas corridísimas y jurándome la venganza. El capellán se encaró conmigo, y me dijo: