El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Con ocasión del divertimiento que había de los herraderos, estaba la casa llena de gente lucida, así de México como de los demás pueblos vecinos.

Entramos a la sala, me senté en buen lugar en el estrado, porque jamás me gustó retirarme a largo trecho de las faldas, y después que hablaron de varias cosas de campo, que yo no entendía, la señora grande, que era esposa del dueño de la dicha hacienda, trabó conversación conmigo y me dijo:

-Conque, señorito, ¿qué le han parecido a usted esos campos por donde ha pasado? Le habrán causado su novedad, porque es la primera vez que sale de México, según noticias.

-Así es, señora -la dije-, y los campos me gustan demasiado.

-Pero no como la ciudad, ¿es verdad? -me dijo.

Yo, por política, le respondí:

-Sí, Señora, me han gustado, aunque, ciertamente, no me desagrada la ciudad. Todo me parece bueno en su línea; y así estoy contento en el campo como en el campo, y divertido en la ciudad como en la ciudad.

Celebraron bastante mi respuesta, como si hubiera dicho alguna sentencia catoniana, y la señora prosiguió el elogio, diciendo:


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