El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I –Todo cuanto usted ha charlado –dijo Anselmo– prueba que usted es un perillán de primera clase, y que para venir a pegarme un petardo me ha andado a los alcances y ha procurado indagar mi vida privada, valiéndose tal vez de la intriga con mi amigo Sarmiento para saber de él mis secretos; pero ha errado usted el camino de medio a medio. Ahora menos que nunca debe esperar de mí un maravedí; antes yo me recelaré de usted como de un pícaro refinado...
–Mátame con ese sable –le dije interrumpiéndole–, mátame, antes de que me lastime tu lengua con tales baldones, y baldones proferidos por un amigo. ¿Este es, Anselmo, tu cariño? ¿Éstas tus correspondencias? ¿Éstas tus palabras? ¿Qué me dejas para un soez de la plebe, cuando tú que te precias de noble, obras con tanta bastardía, que no sólo no pagas los beneficios, sino que obstinadamente finges no conocer al mismo a quien se los debes?
Anselmo, amigo, ya que no te compadeces de mí como del que lo fue tuyo, compadécete a lo menos de un infeliz que se acoge a tus puertas. Bien sabes que la religión obliga a todos los cristianos a ejercitar la caridad con los amigos y enemigos, con los propios y los extraños; y así no me consideres un amigo, considérame un infeliz, y por Dios...