El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I ¿Mas será posible que me quite la camisa? No hay remedio; no tengo cosa mejor; yo me la quito.
Haciendo este soliloquio, me la quité, y como estaba limpia y casi nueva, no me costó trabajo que me suplieran sobre ella ocho reales, con los que cené con hartas apetencias y compré cigarros.
En las diligencias del empeño y de la cenada se me fue el tiempo sin advertirlo, de suerte que cuando salí del bodegón eran las diez dadas, hora en que no hallé ningún arrastraderito abierto.
Desconsolado con que no me podían valer mis antiguas guaridas, determiné pasarme la noche vagando por las calles sin destino y temiendo en cada una caer en manos de una ronda, hasta que por fortuna encontré por el barrio de Santa Ana una accesoria abierta con ocasión de un velorio.
Me metí en ella sin que me llamaran, y vi un muerto tendido con sus cuatro velas, seis u ocho leperuscos haciendo el duelo, y una vieja durmiéndose junto al brasero con el aventador en la mano.
Saludé a los vivos con cortesía, y di medio real para ayuda del entierro del muerto.
Mi piedad movió la de aquellos prójimos, y recibiendo sus agradecimientos me quedé con ellos en buena paz y compañía.