El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I –Tú me dijiste que entendías de médico; mira a ese compañero herido y dime los medicamentos que han de traer de Puebla, que los traerán sin falta, porque todos los venteros son amigos y compadres, y nos harán el favor.
Quedéme aturdido con el encargo; porque entendía de cirujía tanto como de medicina, y no sabía qué hacer, y así decía entre mí: si digo que no soy cirujano sino médico, es mala disculpa, pues le dije que entendía de todo; si empeoro al enfermo y lo despacho al purgatorio, temo que me vaya peor que en Tula, porque estos malditos son capaces de matarme y quedarse muy frescos. ¡Virgen Santísima! ¿Qué haré? Alúmbrame... Animas benditas, ayudadme... Santo mío, San Juan Nepomuceno, pon tiento en mi lengua...
Todas estas deprecaciones hacía yo interiormente sin acabar de responder, fingiendo que estaba inspeccionando la herida, hasta que el Aguilucho enfadado con mi pachorra me dijo:
–¿Por fin, a qué horas despachas? ¿Qué se trae?
No pude disimular más, y así le dije:
–Mira, no se puede ensamblar la pierna, porque el hueso está hecho astillas (y era verdad).
Es menester cortarla por la fractura de la tibia, pero para esto se necesitan instrumentos y yo no los tengo.