El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I –¿Y que instrumentos se han menester? –preguntó el Aguilucho.
–Una navaja curva –le respondí– y una sierra inglesa para aserrar el hueso y quitarle los picos.
–Está bien –dijo el Aguilucho, y se fueron.
A la noche vinieron con un tranchete de zapatero y una sierra de gallo. Sin perder tiempo nos pusimos a la operación. ¡Válgame Dios! ¡Cuánto hice padecer a aquel pobre! No quisiera acordarme de semejante sacrificio. Yo le corté la pierna como quien tasajea un trozo de pulpa de carnero. El infeliz gritaba y lloraba amargamente; pero no le valió, porque todos lo tenían afianzado. Pasé después a aserrarle los picos del hueso, como yo decía, y en esta operación se desmayó, así por los insufribles dolores que sentía, como por
la mucha sangre que había perdido, y no hallaba yo modo de contenérsela, hasta que con una hebra de pita le amarré las venas y aprovechando su desmayo le cautericé las carne con una plancha ardiendo. Entones volvió en sí y gritaba más recio; pero algo se le contuvo la hemorragia.