El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I En fin después que me periquearon bastante y disecaron el hediondo cadáver de su sarnosa etimología, ya que no tenían bazo para reír, ni aquel bribón bufonada con qué insultarme, cesó la escena, y calmó, gracias a Dios, la tempestad.
Entonces fue la primera vez que conocí cuán odioso era tener un mal nombre, y qué carácter tan vil es el de los truhanes y graciosos, que no tienen lealtad ni con su camisa; porque son capaces de perder el mejor amigo por no perder la facetada que les viene a la boca en la mejor ocasión; pues tienen el arte de herir y avergonzar a cualquiera con sus chocarrerías, y tan a mala hora para el agraviado, que parece que les pagan, como me sucedió a mí con mi buen condiscípulo, que me fue a hacer quedar mal, justamente cuando estaba yo queriendo quedar bien con su prima. Detestad, hijos míos, las amistades de semejante clase de sujetos.
Llegó la hora de comer, pusieron la mesa, y nos sentamos todos según la clase y carácter de cada uno. A mí me tocó sentarme frente a un sacerdote vicario de Tlalnepantla, a cuyo lado estaba el cura de Cuautitlán (lugar a siete leguas de México), que era un viejo gordo y harto serio.