El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Por semejante estilo fue el sermón que oí y que me llenó de tal pavor que luego que el padre bajó del púlpito, me entré tras él y le supliqué me oyera dos palabras de penitencia.
El buen sacerdote condescendió a mi súplica con la mayor dulzura y caridad; y luego que se informó de mi vida en compendio, y se satisfizo de que era verdadero mi propósito, me emplazó para el día siguiente a las cinco y media de la mañana, hora en que acababa de decir la misa de prima, previniéndome que lo esperara en aquel mismo lugar, que era un rincón oscuro de la sacristía. Quedamos en eso, y me fui al mesón, más consolado.
Al día siguiente me levanté temprano; oí su misa y le esperé donde me dijo.
No me quiso confesar entonces, porque me dijo que era necesario que hiciera una confesión general; que tenía una bella ocasión que aprovechar si quería, pues en esa tarde se comenzaba la tanda de ejercicios, los que él había de dar, y tenía proporción de que yo entrara si quería.
–Yo cómo que quiero, padre –le dije–, si a esto aspiro, a hacer una buena confesión.
–Pues bien me contestó–, disponga usted sus cosas y a la tarde venga; dígale su nombre al padre portero y no se meta en más.