El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I –Sabrán ustedes, para bien saber, que en tiempo de marras había en mi parroquia un cura muy tonto y vano, entre los que eran más tontos; él, pues, un día estaba predicando lleno de satisfacción cuantas majaderías se le venían a la cabeza a unos pobres indios, que eran los que únicamente podían tener paciencia de escucharlo. Estaba en lo más fervoroso del sermón cuando fue entrando en la iglesia el arzobispo mi señor, que iba a la santa visita. Al instante que entró alborotóse el auditorio y turbóse el predicador, siendo su sorpresa mayor si hubiese visto al diablo. Callóse la boca, quitóse el bonete, y diciéndole Su Ilustrísima que continuara, exclamó: –“¡Cómo era capaz, señor Ilustrísimo, que estando presente mi prelado, fuera yo tan grosero que me atreviera a seguir mi sermón! Eso no, suba Usía Ilustrísima y acábelo, mientras acabo yo la misa pro populo.” El arzobispo no pudo contener la risa de ver la grande urbanidad de este cura ignorante, y lo bajó del púlpito y del curato. Apliquen ustedes.
Calló el padre gordo diciendo esto. Sonriéronse el vicario y las mujeres, y yo no dejé de correrme, aunque me cabía cierta duda en si lo diría por mi política o por la de Juan Largo; mas no duré mucho en esta suspensión, porque el zaragate del padre vicario probó de una vez todo su arbitrio diciendo a la Poncianita: