El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I ¡La contemplaba dentro de ocho días tan otra de como la había hallado! Ella, decía yo entre mí, estaba sepultada en la indigencia. El padre, entregado sin honor y sin recurso a la voracidad de sus acreedores, y confundido con la escoria del pueblo y en un lóbrego calabozo; su mujer, con el espíritu atormentado y desfallecida de hambre, en una accesoria indecente; las criaturas desnudas, flacas, expuestas a morirse o a perderse, y ahora todo ha cambiado de semblante. Ya Anselmo tiene libertad; su esposa salud y marido; los niños padre, todos entre sí disfrutan los mayores consuelos. ¡Bendita sea la infinita Providencia de Dios, que tanto cuidado tiene de sus criaturas! ¡Y bendita la caridad de mi amo y de Pelayo, que arrancó de las crueles garras de la miseria a esta familia desgraciada y la restituyó al seno de la felicidad en que se encuentra! ¡Cómo se acordará el Todopoderoso de esta acción para recompensarla con demasía en la hora inevitable de su muerte! ¡Con qué indelebles caracteres no estarán escritos en el libro de la vida los pasos y gastos que ambos han dado y erogado en su obsequio! ¡Qué felices son los ricos que emplean tan santamente sus monedas y las atesoran en los sacos que no corroe la polilla! ¡Y de qué dulces placeres no se privan los que no saben hacer bien a sus semejantes! Porque la complacencia que siente el corazón sensible cuando hace un beneficio, cuando socorre una miseria o de cualquier modo enjuga las lágrimas del afligido, es imponderable, y sólo el que la experimenta podrá, no pintarla dignamente, pero a lo menos, bosquejarla con algún colorido.