El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I No hay remedio, sólo los dulces transportes que siente el alma cuando acaba de hacer un beneficio, deberían ser un estímulo poderoso para que todos los hombres fueran benéficos, aun sin la esperanza de los premios eternos. No sé cómo hay avaros, no sé cómo hay hombres tan crueles que, teniendo sus cofres llenos de pesos, ven perecer con la mayor frialdad a sus desdichados semejantes. Ellos miran con ojos enjutos la amarillez con que el hambre y la enfermedad pintan las caras de muchos miserables; escuchan como una suave música los ayes y gemidos de la viuda y el pupilo; sus manos no se ablandan aun regadas con las lágrimas del huérfano y del oprimido... en una palabra, su corazón y sus sentidos son de bronce, duros, impenetrables e inflexibles a la pena, al dolor del hombre y a las más puras sensaciones de la Naturaleza.
Es verdad que hay mendigos falsos y pobres a quienes no se les debe dar limosna, pero también es verdad que hay muchos legítimamente necesitados, especialmente entre tantas familias decentes, que con nombre de vergonzantes gimen en silencio y sufren escondidas sus miserias. A éstas debía buscarse para socorrerse, pero éstas son a las que menos se atiende por lo común.
Entretenido con estas serias consideraciones, llegué a San Angustín de las Cuevas.