El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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En el tal pueblo procuré manejarme con arreglo, haciendo el bien que podía a cuantos me ocupaban, y granjeándome de esta suerte la benevolencia general.

Así como me sentía inclinado a hacer bien, no me olvidé de restaurar el mal que había causado. Pagué cuanto debía a los caseros y al tío abogado; aunque no volví a admitir la amistad de éste ni de otros amigos ingratos, interesables y egoístas.

Tuve la satisfacción de ver a mi amo siempre contento y descansando en mi buen proceder, y fui testigo de la reforma de Anselmo y felicidad de su familia, pues la hacienda en que estaba acomodado se me entregó en administración.

Sólo al pobre trapiento no lo hallé por más que lo solicité para pagarle su generoso hospedaje; lo más que conseguí fue saber que se llamaba Tadeo.

Tampoco hallé a nana Felipa, la fiel criada de mi madre, ni a otras personas que me favorecieron algún día. De unas me dijeron que habían muerto, y de otras que no sabían su paradero; pero yo hice mis diligencias por hallarlas.

Continuaba sirviendo a mi amo y sirviéndome a mí en mi triste pueblo, muy gustoso con la ayuda de un cajero fiel que tenía acomodado, hombre muy de bien, viudo, y que, según me contaba, tenía una hija como de catorce años en el colegio de las Niñas.


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