El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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–No, amigo –le dije–; Dios, que ve nuestras sanas intenciones, nos la guardará. Este infeliz no es ingrato como usted piensa. Acaso nos juzga ladrones porque nos ve con las escopetas en las manos, o será algún pobrecito que ha perdido el juicio o está para perderlo por alguna causa muy grave; pero sea lo que fuere, de ninguna manera conviene dejarlo en este estado.

La humanidad y la religión nos mandan socorrerlo. Hagámoslo.

Esto platicamos fingiendo que no lo veíamos y que queríamos retirarnos, mientras él no cesaba de injuriarnos lo peor que podía; pero viendo que no le hacíamos caso y le teníamos vueltas las espaldas, procuró sacar la pierna azotando con el látigo al caballo para que se levantara; mas éste no podía, y el hombre, deseando desquitar su enojo, le disparó la pistola en la cabeza, pero en vano, porque no dio fuego.

Entonces registró la cazueleja, y hallándola sin pólvora, trataba de cebarla, cuando, aprovechando nosotros aquel instante favorable, corrimos hacia él, y afianzándole los brazos, le quitó mi cajero las pistolas, yo alcé al caballo de la cola y sacamos de esta suerte de debajo de él al triste roto, que, enfurecido más con la violencia que reconocido al beneficio que acababa de recibir, se esforzaba a maltratarnos, diciéndonos:


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