El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I –Os cansáis en vano, ladrones insolentes y atrevidos. Nada tengo que me llevéis. Si queréis el caballo y estos trapos, lleváoslos, y quitadme la vida como os dije, seguros de que me haréis un gran favor.
–No somos ladrones, caballero –le dije–; somos unos hombres de honor, que paseándonos por ahí hemos visto la desgracia de usted y, obligados por la humanidad y la religión, hemos querido aliviarlo en su mal, y así no pague con injurias esta prueba de la verdadera amistad que le profesamos.
–¡Bárbaros! –nos respondió el hombre puesto en pie–; ¡bárbaros! ¿Aún tenéis descaro para profanar con vuestros impuros labios las sagradas voces de honor, amistad y religión?
¡Crueles! Esas palabras no están bien en la indigna boca de los enemigos de Dios y de los hombres.
–Seguramente este pobre está loco, como usted ha pensado –me dijo mi cajero.
Entonces se le encaró el roto, y le dijo:
–No, no estoy loco, indigno; pluguiera a Dios que jamás hubiera tenido juicio para no haber tenido tanto que sentir de vosotros.
–¿De nosotros? –preguntaba muy admirado mi cajero.
–Sí, cruel, de vosotros y de vuestros semejantes.
–Pues, ¿quiénes somos nosotros?