El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I –Pues bien –decía–; refiérame los motivos que tiene para aborrecerlos y quejarse de ellos, y yo le contare los míos; entonces veremos quién de los dos se queja con más justicia.
Éste era el punto adonde quería yo reducirlo, y así le dije:
–Convengo en la propuesta, pero para eso es necesario que vayamos a casa. Sírvase usted pasar a ella y contestaremos.
–Sea enhorabuena –dijo el misántropo–; vamos.
Al dar el primer paso cayó al suelo porque estaba muy lastimado de un pie. Lo levantamos entre los dos, y apoyándose en nuestros brazos lo llevamos a casa.
Fuimos entrando al pueblo, representando la escena más ridícula, porque el enlutado roto iba rengueando en medio de nosotros dos, que lo llevábamos con nuestras escopetas al hombro, y estirando al caballo, cojo también, que tal quedó del porrazo.
Semejante espectáculo concilió muy presto la curiosidad del vulgo novelero, y como con la ocasión de haber fiestas en el pueblo había concurrido mucha gente, en un instante nos vimos rodeados de ella.
Algo se incomodó el misántropo con semejantes testigos, y más cuando uno de los mirones dijo en alta voz:
–Sin duda éste era un gran ladronazo y estos señores lo han cogido, y lastimado lo llevan a la cárcel.