El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I –Buen Jacobo, amigo desgraciado, yo soy tu amigo Tadeo, sí, soy el hermano de la infeliz Isabel, tu prometida amante. Ninguna queja debes tener de mí ni de ella. Ella murió amándote, o más bien, murió en fuerza del mucho amor que te tuvo; yo hice cuanto pude por informarte de su suerte, de su fallecimiento y constancia; pero no me fue posible saber de ti por más que hice. Cuanto padeciste tú, mi hermana y yo, fue ocasionado por el interés de mi padre, quien por sostener el mayorazgo de mi hermano Damián impidió el casamiento de Isabel, forzó a Antonio a ser clérigo, y a mí me dejó pereciendo en compañía de mi infeliz madre, que Dios perdone. Conque no tengas queja de la pobre Isabel, ni de tu buen amigo Tadeo, que quizá la suma Providencia ha permitido este raro encuentro para que te desagravie, te alivie y recompense en cuanto pueda tu virtud.
A todo esto estaba como enajenado el misántropo, y yo, acordándome del cuento del trapiento y oyendo que el dicho cajero no se llamaba Hilario sino Tadeo, y que concordaba bien cuanto me contó aquél con lo que éste acababa de referir, le dije:
–Don Hilario, don Tadeo, o como usted se llame, dígame usted por vida suya y con la ingenuidad que acostumbra, ¿se ha visto usted alguna vez calumniado de ladrón? ¿Ha vivido en alguna accesoria? ¿Ha tenido o tiene más hijos que la niña que me dice? Y por fin, ¿se llama Tadeo o Hilario?