El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I –No, señor –me dijo–; pasó en la misma tarde por mi casa, lo conocí, lo metí en ella, y cuando lo convencí de que era hombre de bien, lo hospedé en mi casa esa noche, mi madre le curó unas ligeras roturas de cabeza y lo dejé ir en paz.
–¿Y cómo se llamaba ese pícaro que calumnió a usted? –le pregunté.
Y don Tadeo me contestó que no lo sabía ni se lo había querido preguntar. Entonces yo, lleno de júbilo que no soy bastante a explicar, me abracé de don Tadeo, y el misántropo, satisfecho del buen proceder de su amigo y creyéndome algo bueno, se abrazó de nosotros, y en un nudo que expresaba el cariño y la confianza, se enlazaron nuestros brazos; nuestras lágrimas manifestaban los sentimientos de la gratitud, la reconciliación y la amistad, y un enfático silencio aclaraba elocuente las nobles pasiones de nuestras almas.
Yo, antes que todos, interrumpí aquel éxtasis misterioso, y dije a don Tadeo:
–Yo, yo soy, noble amigo, aquel mismo que cuando me prostituí agravié a usted imputándole un robo que no había cometido; yo soy a quien benefició el extremo de su caridad; yo quien sé todas sus desgracias; yo quien lo he tenido por mi sirviente; y yo, por último, soy quien tendré por mucha honra que desde hoy me asiente entre sus amigos.