El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Esta mi sincera confesión no hizo más que confirmar a aquellos señores en que yo era hombre de bien a toda prueba, y así, después de que más despacio nos contamos nuestras aventuras, confirmamos nuestras amistades y juramos conservarlas para siempre.
El misántropo, enteramente mudado, dijo:
–Cierto, señores, que tengo mucho que agradecer a mi caballo, porque me condujo a un pueblo adonde yo no pensaba venir... pero ¿qué hablo? Al cielo, a la Providencia, al Dios de las bondades es a quien debo agradecer semejante impensado beneficio. Por uno de aquellos estudiados designios de la deidad, que los hombres necios llamamos contingencias, se desbocó mi caballo a tiempo que ustedes me vieron y porfiaron por traerme a su casa, en donde he visto el desenlace de mis desgracias con una felicidad no esperada; pues es felicidad satisfacerme, aunque tarde, de la constante fidelidad de mi amada y de mi buen amigo Tadeo. Ya conozco que es un desatino aborrecer al género humano por las ingratitudes de muchos de sus individuos, y que, por más inicuos que haya, no faltan algunos beneméritos, agradecidos, finos, leales, sensibles, virtuosos y hombres de bien a toda prueba. Es menester hacer justicia a los buenos, por más que abunden los malos. Yo los conozco, y en prueba de ello pido a ustedes que me perdonen del loco concepto que me debían.