El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Acabado el almuerzo, nos fuimos a pasear por la huerta hasta que fue hora de comer, lo que también se hizo allí por gusto de todos.
A las siete de la noche se sirvió un buen refresco; hubo un rato de baile hasta las doce, hora en que se dio la cena, y concluida nos recogimos todos muy contentos.
Al día siguiente se despidieron los señores convidados, dejándome mil expresiones de afecto y ofreciéndose con el mismo a mi disposición y de mi esposa. Mi padrino, que saben ustedes que fue mi amo, entendido de que Anselmo había corrido con el gasto general de la función, le pidió la cuenta para pagarla, deseando hacerme algún obsequio; pero se admiró demasiado cuando, esperando hallar una suma de seiscientos o más pesos, según la abundancia y magnificencia de la fiesta, encontró que todo ello no había pasado de doscientos.
Apenas lo creía, pero Anselmo le aseguró que no era más, y le decía:
–Señor, no son los festejos más lucidos los que cuestan más dinero, sino los que se hacen con más orden, y como la mejor disposición no es incompatible con la mayor economía, es claro que puede hacerse una función muy solemne sin desperdicios, que son en los que no se repara y los que hacen las funciones más costosas sin hacerlas más espléndidas.