El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I –Es mucha verdad –dijo mi amo–, y supuesto que el gasto es tan corto, que lo gaste mi ahijado, que yo me reservo para mejor ocasión el hacerle su obsequio a mi ahijadita.
Diciendo esto se fue a México, Anselmo a su destino y yo a mi tienda.
Con el mayor consuelo y satisfacción vivía en mi nuevo estado, en la amable compañía de mi esposa y sus padres, a quienes amaba con aumento, y era correspondido de todos con el mismo.
Ya mi esposa os había dado a luz, queridos hijos míos, y fuisteis el nudo de nuestro amor, las delicias de vuestros abuelos y los más dignos objetos de mi atención; ya contabas tú, Juanita, dos años de edad, y tú, Carlos, uno, cuando vuestros abuelos pagaron el tributo debido a la naturaleza, llevándose pocos meses de diferencia en el viaje uno al otro.
Ambos murieron con aquella resignación y tranquilidad con que mueren los justos. Les di sepultura y honré sus funerales según mis proporciones. Vuestra madre quedó inconsolable con tal pérdida, y necesitó valerse de todas las consideraciones con que nos alivia en tales lances la religión católica, que puede ministrar auxilios sólidos a los verdaderos dolientes.