El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I ¡Qué pocas esperanzas dan unos y otros de prestarse dóciles a la razón en ningún tiempo!
Quedéme confuso, como iba diciendo, y creo que mi vergüenza se conocía por sobre de mi ropa; porque no me atreví a hablar una palabra, ni tenía qué. Las señoras, el cura y demás sujetos de la mesa, sólo se miraban y me miraban de hito en hito, y esto me corría más y más.
Pero el mismo padre vicario, que era un hombre muy prudente, me quitó de aquella media naranja con el mejor disimulo, diciendo:
-Señores, hemos parlado bastante; yo voy a rezar vísperas, y es regular que las señoritas quieran reposar un poco para divertirnos esta tarde con los toritos.
Levantóse luego de la mesa, y todos hicieron lo mismo. Las señoras se retiraron a lo interior de la casa, y los hombres, unos se tiraron sobre los canapés, otros cogieron un libro, otros se pusieron a divertir a los juegos de naipes, y otros, por fin, tomaron sus escopetas y se fueron a pasar el rato a la huerta.
Sólo yo me quedé de non, aunque muchos señores me brindaron con su compañía; pero yo les di las gracias, y me excusé con el pretexto de que estaba cansado del camino, y que acostumbraba a dormir un rato de siesta.