El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Con más valentía pintó Erasmo todo el horror de la guerra, y se esfuerza cuando habla de las civiles. Común cosa es –dice– el pelear: despedázase una gente con otra, un reino con otro reino, príncipe con príncipe, pueblo con pueblo, y lo que aun los étnicos tienen por impío, el deudo con el deudo, hermano con hermano, el hijo con el padre; y finalmente, lo que a mi parecer es más atroz, un cristiano con un hombre, y ¿qué sería (dígolo por la mayor de las atrocidades) si fuese un cristiano con otro cristiano? Pero, ¡oh ceguedad de vuestro entendimiento! ¡Que en lugar de abominar esto; haya quien lo aplauda, quien con alabanzas lo ensalce, quien, la cosa más abominable del mundo, la llame santa, y avivando el enojo de los príncipes, cebe el fuego hasta que suba al cielo la llama!
Virgilio conoció que nada bueno había en la guerra y que todos debíamos pedir a Dios la duración de la paz. Por esto escribió: Nulla salus bello, pacem te poscimus omnes.
De todo esto debéis inferir cuán grande mal es la guerra, cuán justas son las razones que militan para excusarla, y que el ciudadano sólo debe tomar las armas cuando se interese el bien común de la patria.