El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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“Declaro también: que aunque pudiera dejar limosna a viudas y a doncellas, no lo hago, porque a éstas siempre les dejan los más de los ricos, y no son las primeras necesitadas, sino los pobres hombres de bien, de quienes jamás o rara vez se acuerdan en los testamentos, creyendo, y mal, que con ser hombres tienen una mina abundante para sostener a sus familias.”

De este modo fueron sus disposiciones testamentarias. Concluidas, se trató de administrarle los santos sacramentos de la Eucaristía y Extremaunción. Le dio el viático su muy útil y verdadero amigo el padre Pelayo. Asistieron a la función sus amigos don Tadeo, don Jacobo, Anselmo, Andrés, yo y otros muchos. La música y la solemnidad que acompañó este acto religioso infundía un respetuoso regocijo, que se aumentó en todos los asistentes al ver la ternura y devoción con que mi amigo recibió el Cuerpo del Señor Sacramentado. El perdón que a todos nos pidió de sus escándalos y extravíos, la exhortación que nos hizo y la unción que derramaba en sus palabras, arrancó las lágrimas de nuestros ojos; dejándonos llenos de edificación y de consuelo.

Pasados estos dulces transportes de su alma, se recogió, dio gracias, y a las dos horas hizo que entraran a su recámara su mujer y sus hijos.

Sentado yo a la cabecera, y rodeando su familia la cama, les dijo con la mayor tranquilidad:


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