El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Así pues, no hay que pensar que cuando hablo de algún vicio retrato a persona alguna, ni aun con el pensamiento, porque el único que tengo es de que deteste el tal vicio la persona que lo tenga, sea cual fuere, y hasta aquí nada le hallo a esta práctica ni a este deseo de reprensible. Mucho menos que no escribo para todos, sino sólo para mis hijos, que son los que más me interesan, y a quienes tengo obligación de enseñar.

Pero aun cuando todo el mundo lea mi obra, nadie tiene que mosquearse cuando vea pintado el vicio que comete, ni atribuir entonces a malicia mía lo que en la realidad es perversidad suya.

Este modo de criticar, o, por mejor decir, de murmurar a los autores, es muy antiguo, y siempre ejercitado por los malos. El Padre San Jerónimo se quejaba de él, por las imposturas de Onaso, a quien decía: Si yo hablo de los que tienen las narices podridas y hablan gangoso, ¿por qué habéis de reclamar luego y decir que lo he dicho por vos?





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