El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Así concluyó su arenga este grande hombre. El, es claro que me dijo muchas verdades, pero truncas. Si me hubiera dicho después de ellas que, aunque así lo hacen, en ello nada justo hacen ni digno de un hombre de bien y que por lo común estas trampas y artificios de que se valen para eludir el castigo, excusar el trabajo, engañar al superior o evitar por el camino más breve la desgracia inminente o que parece tal, no son sino unos remedios paliativos o aparentes, que después de tomados se convierten en unos venenos terribles, cuyas funestas resultas se lloran toda la vida; si me hubiera dicho esto, repito, quizá, quizá me hubiera hecho abrir los ojos y cejar de mi intento de ser religioso, para el que no tenía ni natural ni vocación; pero por mi desgracia los primeros amigos que tuve fueron malos, y de consiguiente pésimos sus consejos.
Al otro día marché para la casa de Pelayo, quien puso en mis manos la esquela de su padre, el que no contento con darla, pensando que yo era un joven muy virtuoso, prometió ir a hablar por mí a su hermano el provincial, para que me dispensara todas aquellas pruebas y dilaciones que sufren los que pretenden el hábito en semejantes religiones austeras.