El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I -Muy bien me parece ese deseo -dijo el provincial-; pero qué ¿no se puede servir a su Majestad en el mundo? No todos los justos ni todos los santos lo han servido en los monasterios. Las mansiones del Padre Celestial son muchas, y muchos los caminos por donde llama a sus escogidos. En correspondiendo a los auxilios de la gracia, todos los estados y todos los lugares de la Tierra son a propósito para servir a Dios. Santos ha habido casados, santos célibes, santos viudos, santos anacoretas, santos palaciegos, santos idiotas, santos letrados, santos médicos, abogados, artesanos, mendigos, soldados, ricos; y, en una palabra, santos en todas clases del estado. Conque, de aquí se sigue que para servir a Dios no es condición precisa el ser fraile, sino el guardar su santa ley, y ésta se puede guardar en los palacios, en las oficinas, en las calles, en los talleres, en las tiendas, en los campos, en las ciudades, en los cuarteles, en los navíos, y aun en medio de las sinagogas de los judíos y de las mezquitas de los moros. La profesión de la vida religiosa es la más perfecta; pero si no se abraza con verdadera vocación, no es la más segura. Muchos se han condenado en los claustros, que quizá se hubieran salvado en el siglo. No está el caso en empezar bien, es menester la constancia. Nadie logra la corona del triunfo sino el que pelea varonilmente hasta el fin. En la edad de usted es preciso desconfiar mucho de esos ímpetus o fervores espirituales, que ordinariamente no pasan de unas llamaradas de zacate, que tan pronto se levantan como se apagan; y así sucede que muchos o no profesan, o si profesan es por la vergüenza que les causa el qué dirán; y estos tales profesos, como que lo son sin su voluntad, son unos malos religiosos, desobedientes y libertinos, que con sus vicios y apostasías dan que hacer a los superiores, escandalizan a los seculares, y de camino quitan el crédito a las religiones; porque, como dice Santa Teresa, y es constante, el mundo quiere que los que siguen la virtud sean muy perfectos; nada les dispensa, todo les nota, les advierte y moteja con el mayor escrúpulo, y de aquí es que los mundanos fácilmente