El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Pensando estos despropósitos me fui a coro, recé más que un ciego, y al cantar abría tanta boca, pero de hambre, porque como la cena de la noche anterior no me gustó mucho, apenas la probé; y así tenía el estómago en un hilo, deseando se acabara la prima para ir a desquitarme con el chocolate, que me lo prometía de lo mucho y bueno, pues había oído decir en el siglo que los frailes tomaban muy buen caracas, y cuando en casa había algún pocillo muy grande, decían: “Este pozuelón es frailero.” Con esto yo decía entre mí: “A lo menos si la cena fue mala, el desayuno será famoso. Sí, no hay duda; ahora me soplaré un tazón de buen chocolate con sus correspondientes bizcochos, o cuando no, con cuartilla de pan enmantecado por lo menos.”
En esta santa contemplación se acabó el rezo y salimos de coro; ¡pero cuál fue mi tristeza y enojo cuando dieron las seis, las seis y media, las siete, y no parecía tal chocolate, ni pareció en toda la mañana, porque me dijeron que era día de ayuno! Entonces me acabé de dar a Barrabás, renegando más y con doble fervor de mi maldito pensamiento de ser fraile, y más cuando fueron otros dos novicios, y presentándome dos cubetas de cuero, me dijeron:
-Hermano, venga su caridad; tome esas cubetas y vamos a barrer el convento mientras es hora de ir a coro.