El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I “Ésta está peor, me decía yo; ¡conque no dormir, no comer y trabajar como un macho de noria! ¿Esto es ser novicio? ¿Esto es ser fraile? ¡Ah, pese a mi maldita ligereza, y a los infames consejos de Pelayo y de Juan Largo! No hay remedio, yo no soy fraile, yo me salgo, porque si duro aquí ocho días, me acaba de llevar el diablo, de sueño, de hambre y de cansancio. Yo me salgo, sí; yo me salgo...; pero, ¿tan breve? ¿Aún no caliento el lugar y ya quiero marcharme? No puede ser. ¿Qué dirán? Es fuerza aguantar dos o tres meses, como quien bebe agua de tabaco, y entonces disimularé mi salida, fingiéndome enfermo; aunque no habrá para qué afanarme en fingir, pues mi enfermedad será real y verdadera con semejante vida, y plegue a Dios que de aquí allá no haya yo estacado la zalea en estos santos paredones. ¡Qué hemos de hacer!”
Así discurría yo mientras subía agua y regaba los tránsitos con la pichancha, siempre triste y cabizbajo; pero admirándome de ver lo alegres que barrían los otros dos frailecitos mis compañeros, que eran tanto o más jóvenes que yo; ya se ve, eran unos virtuosos, y habían entrado allí con verdadera vocación y no por excusarse de trabajar, para holgarse como yo.