El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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El uno de ellos, que era el más muchacho, era muy alegre, su color era blanco, su pelo bermejo, sus ojillos azules y muy vivos, su boca llena de una modesta sonrisa, y como estaba fatigado con el trabajo, estaba coloradito y bonito que parecía un San Antonio.

Advirtió mi semblante sombrío y triste, y creyendo el inocente que era efecto de una suma austeridad y de los escrúpulos que me agitaban, se llegó a mí y me dijo con mucho agrado:

-Hermanito, ¿que tiene? ¿Por qué está tan triste? Alégrese; la alegría no se opone al servicio de Dios. Este Señor es todo bondad. Somos sus hijos, no sus esclavos; quiere que lo amemos como a padre y que lo adoremos como al Señor Supremo; no que lo temamos con un miedo servil, no; ¡si no es nuestro tirano! Es un Dios lleno de dulzura, no un Dios parricida como el Saturno de los paganos. Su vista sola alegra a los santos y hace toda la felicidad del cielo. Su servicio debe inspirar a los suyos la mayor confianza y alegría, El Santo Rey David nos dice expresamente: servid al Señor con alegría, y el Eclesiástico: arroja lejos de ti la tristeza, porque es pasión que a muchos quita la vida, y en ella no hay utilidad. Pero ¿qué más? El mismo Jesucristo nos manda que no queramos hacernos tristes como los hipócritas. Conque, hermanito, alegrarse, alegrarse y desechar escrúpulos e ideas funestas, que ni hacen honor a la deidad, ni traen provecho a las almas.


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