El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I En conversaciones tan edificantes como éstas, pasamos el rato que me permitió la campana, a cuyo toque se despidió Januario, quedándome yo deseando llegara la noche para avisarle mi determinación al padre maestro de novicios.
Llegó en efecto, y a mi parecer más tarde que otras veces. Luego que tuve lugar me entré en su celda, y le dije que estaba enfermo, y a más de eso, que mi madre había quedado viuda, pobre y sin más hijo que yo, y que así pensaba volverme al siglo; que me hiciera favor de facilitarme mi ropa.
El buen religioso me escuchó con santa paciencia, y me dijo que viera lo que hacía; que ésas eran tentaciones del demonio; si estaba enfermo, médicos y botica tenía el convento y que allí me curarían con el mismo cuidado que en mi casa; que si mi madre había quedado viuda y pobre, no había quedado sin Dios, que es padre universal y no desampara a sus criaturas; y por último, que lo pensara bien.
-Ya lo tengo bien pensado, padre nuestro -le dije-, y no hay remedio, yo me salgo, porque ni la religión es para mí, ni yo para la religión.
Enfadóse su paternidad con estas razones, y me dijo: