El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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-La religión es para todos los que son para ella; mas su caridad dice bien, que no es para la religión, y así me lo ha parecido algunas veces. Vaya con Dios. Mañana temprano mandaré avisar a nuestro padre provincial, y se irá a su casa o donde le parezca.

Me retiré de su vista, y esa noche ya no quise ir a coro ni a refectorio (ni me hicieron instancia tampoco), y al otro día, entre nueve y diez de la mañana, me llamó el padre maestro de novicios, me despojó solemnemente de los hábitos, me dio mi ropa, y me marché para la calle; dirigiéndome inmediatamente para México.

Después que descansé un rato en un asiento de la alameda, y me sacudí el polvo del camino que había hecho desde Tacubaya, me dirigía a mi casa, e iba yo envuelto en mi capa con mi pañuelo amarrado en la cabeza y lleno de confusión pensando que estaba como

excomulgado y separado de aquellos siervos de Dios. No sé qué pavor se apoderaba de mi corazón cada vez que volvía la cara y veía las sagradas paredes de San Diego, depósitos de la virtud y quietud, de donde yo me retiraba.

“No hay duda, decía yo entre mí, yo acabo de dejar el asilo de la inocencia; yo he dejado la única tabla a que podía asirme en el naufragio de esta vida mortal. Dios me verá como un ingrato, y los hombres me despreciarán como un inconstante... ¡Ah, si pudiera yo volverme!”


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