El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Esta costumbre de dar pésames se contrae a dos cosas. La primera, a manifestar que tomamos parte en el sentimiento de aquellas personas a quienes los damos, ya por razón de parentesco o ya por la amistad que teníamos con el difunto. La segunda, para consolar en lo posible a sus dolientes, ofreciéndoles nuestros arbitrios temporales y asegurándoles que con los suyos uniremos nuestros votos para que se aumenten los sufragios de que consideramos a su alma necesitada.
Ya se ve que todo este ceremonial es casi siempre un embuste solemne, un cumplimiento de rutina y una de las costumbres más bien recibidas.
No parecerá muy avanzada esta proposición a quien advierta que, no digo los parientes remotos y los amigos, pero los más inmediatos y aun los más favorecidos del difunto, pasado poco tiempo, no se vuelven acordar de él, porque con el discurso de los días el corazón se serena, las lágrimas se enjugan, la falta se suple, los beneficios se olvidan y todo se borra, a pesar de cuantos gritos, alharacas, lágrimas, pataletas y faramallas se prodigaron en la escena triste de su muerte.