El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Y si este olvido se nota en el hijo, en la esposa y en el hermano, ¿qué esperanza podrán tener los pobres muertos en los sufragios tan prometidos por los que sólo van al velorio por beber el chocolate y a dar el pésame porque les llevaron el convite por más que al despedirse digan que no los olvidarán en sus oraciones, aunque malos?

Este asunto es muy serio. Lo suspenderemos mientras acabamos de refutar el abuso de hablar de los difuntos al tiempo de dar los pésames, porque si, como hemos dicho, uno de los objetos de estos pesamenteros es aliviar el sentimiento de los dolientes, parece que es un error que puede calificarse de impolítico el renovar los motivos de dolor a los deudos al tiempo mismo que pretendemos consolarlos.

No puede menos que atormentarse el corazón de la mujer o hijo del difunto al oír decir:

“¡Qué bueno era don Fulano! ¡Qué atento! ¡Qué afable! ¡Ay mi alma! -dice otra-; tiene usted mil razones de llorarlo; ¡no hallará otro marido como el que perdió!” Y otras sandeces de éstas, que son otros tantos tornillos con que están apretando el corazón que quieren consolar. De modo que estas políticas lisonjas son unos indiscretos torcedores de los espíritus afligidos.


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