El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Cansados de bailar y de beber, se acabó el baile como todos se acaban. A las doce poco más de la noche, se fueron yendo los más prudentes, o los menos tontos que no trataban de desvelarse. Los demás que se quedaron, fuérase porque extrañaban el bullicio de los que se habían ido, o porque se habían cansado ya, apenas se levantaban a bailar. Las velas estaban muy bajas y pidiendo su relevo, y los músicos (que no descuidan en empinar la copa en tales ocasiones) ya no atinaban a tocar bien el son que les pedían; y aun había alguno de ellos que rascaba su bandolón abajo de la puente.
Januario, como tan diestro en estas escuelas, me dijo:
-Hombre, ¡qué entristecida se ha dado el baile y tan temprano!
-¿Y qué hemos de hacer? -le dije yo.
-¿Cómo qué? Alegrarlo -me respondió.
-¿Y con qué se alegra? -le pregunté.
-Con una friolera. ¿Hay aguardiente?
-Sí -le dije.
-¿Y azúcar y limones?
-También.
-Pues manda que lo pongan todo en la recámara.