El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Comenzaron a apuntarse de gordo, de a veinte y veinticinco pesos, y comenzaron a perder del mismo modo. En cada albur que yo les veía poner los chorizos de pesos se me bajaba la sangre a los talones, creyendo que en dos albures que acertaran se perdía todo nuestro trabajo, y nos salíamos sin blanca soñando que habíamos tenido, lo que a mí se me hacía intolerable, según el axioma de los tahúres, de que más se siente lo que se cría que lo que se pare.
Pero aquellos hombres estaban, según entendí entonces, erradísimos, porque el albur en que ponían diez o doce pesos, lo ganaban; pero aquel en donde apostaban entre los cuarenta o cincuenta lo perdían, así podían jugarlo con mil precauciones.
De este modo se les arrancó a los dos casi a un tiempo, y uno de ellos, al perder el último albur que iba interesado, y siendo de un caballo contra un as, vino el as; sacó los cuatro caballos, y mientras estuvo rompiendo los demás naipes, se los comió, como quien se come cuatro soletas, y hecha esta importante diligencia, se salió con su compañero, ambos encendidos como una grana y sudando la gota tan gorda. ¡Tales eran los vapores que habían recibido!
Januario, con mucha socarra, contó trescientos y pico de pesos; le dio una gratificación al dueño de la casa, y lo demás lo amarró en su pañuelo.