El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Ya se lo comían los otros tahúres pidiéndole barato; pero a nadie le dio medio, diciendo:
–Cuando a mí se me arranca, ninguno me da nada, y así, cuando gane, tampoco he de dar yo un cuarto.
No me pareció bien esta dureza, porque, aunque tan malo, he tenido un corazón sensible.
Nos salimos a la calle y nos fuimos a la fonda, que estaba cerca. Comimos a lo grande, y concluida la comida, me dijo mi protector:
-¿Qué tal, señor Perico, le gusta a usted la carrera? ¿Si no se hubiera determinado a armarse con aquella apuesta, contara con ciento y más pesos suyos? Vaya, toma tu plata y gástala en lo que quieras, que es muy tuya y puedes disponer de ella a tu gusto con la bendición de Dios;[42] aunque pienso que lo que conviene es que apartemos cincuenta pesos por ambos para puntero, y vayamos ahora mismo al Parián, o más bien al baratillo, a comprar una ropilla decente, con cuyo auxilio la pasaremos mejor, nos darán mejor trato en todas partes y se nos facilitarán más bien las ocasiones de tener; porque te aseguro, hermano, que aunque dicen que el hábito no hace al monje, yo no sé qué tiene en el mundo esto de andar uno decente, que en las calles, en los paseos, en las visitas, en los juegos, en los bailes y hasta en los templos mismos, se disfruta de ciertas atenciones y respetos. De suerte que más vale ser un pícaro bien vestido, que un hombre trapiento;[43] y así vamos.