El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I No lo dijo a sordo; me levanté al momento, cogí mi dinero, que era menos del que le tocó a Januario, pero yo lo disimulé, satisfecho de que en asuntos de intereses, el mejor amigo quiere llevar su ventajita. Fuimos al baratillo, compramos camisas, calzones, chalecos, casacas, capas, sombreros, pañuelos, zapatos y hasta unas cascaritas de reloj o relojes cáscaras o maulas, pero que parecían algo.
Ya habilitados, fuimos a tomar un cuarto en un mesón, mientras hallábamos una vivienda proporcionada. En esto de camas no había nada, y aunque se lo hice advertir a Januario, éste me dijo:
-Ten paciencia, que después habrá para todo. Por ahora lo que importa es presentarnos bien en la calle, y más que comamos mal y durmamos en las tablas, eso nadie lo ve. ¿Qué, te parece que todos los guapos o currutacos que ves en el público tienen cama o comen bien?
No, hijo; muchos andan como nosotros; todo se vuelve apariencia, y en lo interior pasan sus miserias bien crueles. A éstos llaman rotos.
Yo me conformé con todo, contentísimo con mis trapillos, y con que ya no volvía a pasar otra noche en el arrastraderito condenado.
Llegamos al mesón, tomamos nuestro cuarto y nos encajamos en él locos de contentos.