El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Aquella noche no quiso Januario que fuéramos a jugar, porque, según él decía, se debía reposar la ganancia. Nos fuimos a la comedia, y cuando volvimos, cenamos muy bien y nos acostamos en las tablas duras, que algo se ablandaron con los capotes viejos y nuevos.
Dormí como un niño, que es la mejor comparación, y a otro día hicimos llamar al barbero, y después de aliñados, nos vestimos y salimos muy planchados a la calle.
Como nuestro principal objeto era que nos vieran los conocidos, la primera visita fue a la casa del doctor Martín Pelayo; pero cuál fue nuestra sorpresa, cuando creyendo encontrar al Martín antiguo, encontramos un Martín nuevo, y en todo diferente del que conocíamos, pues aquél era un joven tan perdulario como nosotros, y éste era un cleriguito ya muy formal, virtuoso y asentado.
Luego que entramos a su cuarto, se levantó y nos hizo sentar con mucha urbanidad; nos contó que era diácono, y estaba para ordenarse de presbítero en las próximas témporas.
Nosotros le dimos parabienes; pero Januario trató de mezclar sus acostumbradas chocarrerías y facetadas, a las que Pelayo, en un tono bien serio, contestó: