El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I De la misma manera que el grosero descubre en el juego su falta de educación con sus majaderías y ordinarieces, descubre el inmoral su mala conducta con sus votos y disparates; el embustero, su carácter con sus juramentos; el fullero, su mala fe con sus drogas; el ambicioso, su codicia con la voracidad que juega; el mezquino, su miseria con sus poquedades y cicaterías; el desperdiciado, su abandono con sus garbos imprudentes; el sinvergüenza, su descoco con el arrojo conque pide a su sombra; el vago... pero, ¿qué me canso? Si allí se conocen todos los vicios, porque se manifiestan sin disfraz. El provocativo, el truhán, el soberbio, el lisonjero, el irreligioso, el padre consentidor, el marido lenón, el abandonado, la buscona, la mala casada y todos, todos confiesan sin tormento el pie de que cojean; y por hipócritas que sean en la calle, pierden los estribos en el juego y suspenden toda la apariencia de virtud, dándose a conocer tales como son.
Malditas sean las nulidades del juego. Una de ellas es la torpe decisión que reina en él. Al que lleva dinero hasta le proporcionan el asiento, y cuando acierta lo alaban por un buen punto y diestro jugador; pero al que no lo lleva, o se le arranca, o no le dan lugar, o se lo quitan, y de más a más dicen que es un crestón, término con que algunos significan que es un tonto.
En fin, yo aprendí y observé cuanto había que aprender y que observar en la carrera.