El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Todas estas reflexiones, hijos míos, os deben servir para no enredaros en el laberinto del juego, en el que, una vez metidos, os tendréis que arrepentir quizá toda la vida; porque a carrera larga, rara vez deja de dar tamañas pesadumbres; y aun los gustos que da se pagan con un crecido rédito de sinsabores y disgustos, como son las desveladas, las estregadas del estómago, los pleitos, las enemistades, los compromisos, los temores de la justicia, las multas, las cárceles, las vergüenzas, y otros a este modo.

De todas estas cosas supe yo en compañía de Januario, y de algo más: porque por fin se nos arrancó. Comenzamos a vender la ropita y todo cuanto teníamos; a estar de malas, como dicen los hijos de Birján; a mal comer, a desvelarnos sin fruto, a pagar multas, etc., hasta que nos quedamos como antes, y peores, porque ya nos conocían por fulleros, y nos miraban a las manos con más atención que a la cara.

En medio de esta triste situación y para coronar la obra, el pícaro de Januario enredó a un payo para que pusiera un montecito, diciéndole que tenía un amigo muy hábil, hombre de bien, para que le tallara su dinero. El pobre payo entró por el aro y quedó en ponerlo al día siguiente. Januario me avisó lo que había pasado, diciéndome que yo había de ser el tallador.


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